Tengo un hijo de dos años al que le encanta jugar a las “construcciones”. Coge un cubo lleno de bloques de madera y lo esparce por el suelo. Luego me llama para que haga una torre.
Al principio, no alcazaba a poner más que una pieza y PAM!, manotazo o patada, y a tomar por saco. Ahora, el muy cabronazo ha aprendido a ser paciente. Cuando estoy empezando a pasármelo bien, y ganar altura es ya una tarea delicada porque el edifico se tambalea al menor respiro, le mete un aventón guapo. Y ahí me quedo… Con la lengüita medio fuera, un bloque de madera en la mano y la mirada enfocando al vacío.

